Colosio — El Universal

Se borra el recuerdo de Luis Donaldo Colosio

Texto Laura Sánchez

TIJUANA.-  Sobre la calle de Mariano Arista, el 23 de marzo de 1994 quedaron esparcidos pedazos de su cabeza. Un mar de sangre coloreó de rojo la tierra pedregosa de ese lugar llamado Lomas Taurinas, un pozo al que se llega por una rampa de concreto en declive y la atraviesa un canal de aguas negras.

Ese miércoles, a las 5:30 de la tarde, algunos colonos de “La Lomas” se aferraron con una angustia casi obsesiva a los restos que quedaron regados; se desplomaron a ras del suelo y desde ahí se los pasaron lentamente por la cara.

Otros se untaron las manos en la sangre y la frotaron como ungüento en la rodilla adolorida, el brazo con reúma o la mano artrítica. En ese entonces creyeron que la sangre de un “mártir” resultaría milagrosa: la de Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia de México.

Veinte años después, los vecinos saben que ningún mexicano sabría que hay un lugar en el norte llamado Lomas Taurinas de no ser porque ahí asesinaron a un priísta; nadie sabría de ese barrio marginado, donde algún día convirtieron a un político en un santo.

LA MUERTE Y LOS CAMBIOS

Para llegar a Lomas Taurinas hay que descender por rampas muy empinadas, internarse en una barranca en mal estado y con trechos sin pavimentar. Un arroyo de aguas negras, el canal de Pastejé, atraviesa el barrio. Unas 30 mil casitas se tambalean sobre la tierra suelta.

Poco ha cambiado desde hace más de dos décadas. Es casi la misma del 17 de marzo de 1994, cuando el PRI eligió este lugar para que Luis Donaldo Colosio transmitiera su mensaje. “Tenía las características urbanas y problemas que aquejaban a la mayoría de las colonias”, atestiguaron después.

Algunos colonos platican, colorados de la vergüenza, que el poquísimo progreso llegó con la muerte de Colosio. Sin el asesinato no les hubieran pavimentado la calle principal, construido una plaza y un salón donde hoy les enseñan a cortar el cabello y a poner uñas acrílicas.

Doña Mercedes, una mujer chaparrita de cabellos grises, vive en el cerro que da de frente a la “Plaza de la Unidad y la Esperanza”. La construyeron cinco meses después del asesinato. Ella recuerda que algunos vecinos mal pensados sospecharon que fue para borrar las evidencias del crimen.

Veinte años después, doña Mercedes habla quedito, tiene miedo. Dice que a muchos vecinos de Lomas Taurinas que estuvieron parloteando se los llevaron a la PGR. “Desgraciadamente, la muerte de ese pobre hombre nos ayudó. Nunca hubiéramos querido nosotros los pobres que se hubiera hecho así todo esto, que se hicieron por su propia vida de él”. Ella creé devotamente que Dios se los mandó.

Aunque asegura que en Lomas Taurinas ya nadie se acuerda de Colosio Murrieta; después de tantos años, las nuevas generaciones y el gobierno ya lo olvidaron.

“Cuando murió, llegaba gente con veladoras. Incluso, paisanos de Estados Unidos le pedían milagros. Un día una mujer llegó en silla de ruedas, se hincó en el lugar donde murió y le dijo: ‘¡Colosio, levántame!’ ¡Y empezó a caminar!’”. De eso ha pasado mucho tiempo, afirma.

José Ramírez, con casi 70 años de edad, ejemplifica también: nadie limpia la estatua que construyó la Sedesol en 1994, una réplica de Luis Dolando Colosio en bronce que levanta la mano al cielo.

Cuando tiene tiempo, con un trapo limpia las piernas; a veces, con muchos trabajos, se trepa y le da una “pasadita” a la cara. Sólo una vez al año, el 23 de marzo, le dan una barrida a la plaza, protesta.

EVOCAN EL MITIN

La primera vez que a alguien se le ocurrió llevar al candidato a Lomas Taurinas fue el 17 de marzo de 1994. Según declararon integrantes de su equipo de campaña, se escogió Lomas Taurinas “por ser una colonia tradicionalmente priísta, que con el esfuerzo de sus habitantes había hecho importantes avances y porque ya había sido visitada por candidatos del partido”.

Además, se le consideró el escenario natural, de fácil acceso para que sin el uso de transporte y sin molestar al resto de la población llegaran ahí los 3 mil militantes que acudieron al acto.

Ese 23 de marzo, Luis Donaldo Colosio llegó por la calle de Valente Arellano, que conducía a un puente de madera de unos siete metros de largo y casi tres de ancho; se desmoronaba, apenas se sostenía de unos postes de madera. No tenía barandales y el piso era de triplay. “Batalló para entrar, imagínate para salir. Lo dejaron solo”, recuerda otra vecina de la Lomas Taurinas que 20 años después prefiere no revelar su nombre.

Después lo montaron en la calle de La Punta, sobre una pick up gris muy viejita, propiedad de Juan Manuel Barrón, otro colono. Las señoras Lulú y Martha recuerdan que les pareció “muy irresponsable” que los escoltas del licenciado Colosio estuvieran tomando sodas muy tranquilamente.

“Cuando le dieron los balazos soltaron todo corriendo, pero ya era tarde”, recuerdan.

Don Agustín Pérez Rivero, preside la Coalición de Colonias Populares, fundó en 1970 Lomas Taurinas. Dice que originalmente los terrenos eran de un español, por eso lleva ese nombre. Él recibió a Colosio, extendió su mano y lo ayudó a subir a la pick up donde pronunciaría su discurso. Luego vino lo que vino. “Yo lo viví, mis ojos lo vieron”. Desde la puerta de su casa presenció uno de los magnicidios de la historia de México.

Sonaba a todo volumen la quebradita, La Culebra, de la popular Banda Machos. “Huye, José./ Huye, José./ Ven (primer disparo) pa’ ca./ Cuidado con la cu… (segundo disparo) …lebra que muerde los pies”. Fueron 2.174 segundos entre el primer disparo en la cabeza y el segundo balazo en el abdomen.

“Se vino una lloradera. Se llenó más de gente cuando lo mataron”, agrega doña Mercedes. Con la mirada perdida en la plaza Colosio, aún recuerda que la gente se acostaba en el lugar donde lo mataron; se tallaban en su sangre. Lo convirtieron rápidamente en un santo.

Jura que vio al Mario Aburto que le disparó: un hombre menudito de pelo chino, parado junto al puente. “Era un hombrecito. Yo lo vi chaparrito y ahora sacan un hombrezote de pecho muy alto. El muchacho traía aquí un montón de chinos. Pero no pudo estar tan gordo y alto como lo presentan.

EL REZAGO PERSISTE

La calle donde murió Luis Donaldo  se convierte unas cuadras adelante en la Salinas de Gortari. Desde la fundación de la colonia, el PRI nunca ha perdido una elección ahí.

Rodolfo López Fajardo, delegado municipal en la zona donde está Lomas Taurinas, admite que 20 años después aún hay rezago social. La población está integrada en su mayoría por migrantes que trabajan en la construcción y las maquiladoras. “Gente que vive el día a día”, aunque dice que esa situación “se está componiendo”. Pero los habitantes no opinan lo mismo: dicen que en los cerros muere gente sin que a nadie le importe.

Pronto empezarán los preparativos para otro aniversario luctuoso de Colosio Murrieta. Mientras, decenas de niños juegan en la Plaza de la Unidad y la Esperanza y los jóvenes se toman de la mano y se hacen arrumacos. Pocos saben quién es el hombre de la estatua. Suponen que fue un político importante.

Al fondo se alcanza a divisar una casa de ladrillos. Uno de sus muros lo escogieron para pintar en 1994 en letras gigantescas “COLOSIO”. La pintura se cae a pedazos y apenas se distingue. La dueña de la inmueble asegura que ya pidió a las autoridades que lo retoquen, pero nadie respondió a su llamado.

Veinte años después, Luis Donaldo Colosio Murrieta comienza a convertirse en un recuerdo tan borroso como la pintura en la pared.

jlr